lunes, 19 de septiembre de 2011

Tunguska: misterio sin resolver

El 30 de junio de 1908 la calma del apacible río Tunguska se vio interrumpida. Una fuerte explosión acabó con los árboles en un área de 2.150 metros cuadrados. Los efectos fueron similares a los causados por una bomba atómica, pero esta no se inventó hasta unas décadas más tarde.


La noche se convirtió en día, el polvo lo invadía todo, la onda expansiva llegó a los pueblos cercanos. Muchas ventanas se rompieron, y los ciudadanos que caminaban tranquilamente fueron derribados. Incluso el conductor del Transiveriano detuvo el convoy para evitar un descarrilamiento.

La magnitud de impacto fue recogida en varias estaciones sismográficas muy alejadas del epicentro, como fue el caso de una estación meteorológica de Londres. O incluso desde Estados Unidos, los observatorios del Monte Wilson y el Smithsonian registraron una disminución de la transparencia atmosférica. Esto se debió gran la gran cantidad de polvo que se lanzó a la atmósfera.

El suceso no fue investigado hasta 1921, año en el que La Academia Soviética de Ciencias envió una expedición liderada por Leonid Kulik. Debido a las concidiciones climáticas, las marcas del suceso seguían presentes. Y en 1938 gracias a una exploración aérea Kulik descubrió que, la zona afectada tenía una forma similar al de unas alas de mariposa, por lo que se supuso que se produjeron dos explosiones.


Más recientemente, concretamente en el 2007, una expedición italiana afirmó que había encontrado un cráter de unos 5o metros de profundidad y 450 de diámetro. Conocido como el lago Cheko no se tiene constancia de su existencia antes de 1908.

Lo sucedido en Tunguska es un misterio pero algunas de las teorías afirman que pudo ser un cometa, una bomba de hidrógeno natural o incluso tormenta magnética.

domingo, 18 de septiembre de 2011

El hombre de palo

Cuenta la leyenda que en el Toledo de primeros del siglo XVI, el relojero de Carlos V Giovanni Torrino, más conocido como Juanelo Turriano, todas las mañanas caminaba por las empinadas calles acompañado de su criado Jorge de Diana. Pero un día aparecío junto a un extraño artificio.

Un atómata de madera, este era el compañero de Turriano. Creo una gran expectación entre los toledanos, muchos de los cuales, por no decir todos, esperaban verle dando su paseo habitual.
Este antepasado de los robots modernos hacía pequeños recados para su creador. Acudía a recoger el jornal de Turriano o recogía el salario que le correspondía al relojero.

Lo cierto es que su historía atravesó las murallas toledanas y llegó a los pueblos de alrededor y a Madrid. Y quedó inmortalizada con una calle que lleva su nombre.